Cuando llegamos al parque hacía tanto calor que luego de bajarme de tu auto, logré caminar apenas hasta unos frondosos árboles y me desplomé bajo su enorme sombra. Después me relajé y me dormí, descansé, soñé... y desperté. Tú no estabas a mi lado, toda la gente cerca me era extraña y el día ya se había hecho la tarde , la sombra alargada de los árboles ahora me dió frío. Así que me levanté y empecé a recorrer el lugar, para hallarte: los ciclistas iban, venían y pasaban por mi lado, sobre mi cabeza los pájaros también. Algunas parejas retozaban y un hombre joven tocaba una flauta de caña. Buscando tu figura perdida bajé hasta una laguna, bañada por el sol poniente, donde unos niños estaban sumergidos hasta las rodillas: en un viejo puente estilo japonés que llegaba al medio del agua, unas cuantas personas les tomaban fotos y les compraban unas flores grandes que creí identificar como nenúfares. Pensé en los pintores impresionistas franceses: Monet, Manet, Renoir; tomé la cámara y fotografíe al niño que me pasaba una de las flores acuáticas cortadas. Le dí algunas monedas y rechacé la flor, para sorpresa del mocoso. Después unas personas me pidieron si les tomaba una foto para el recuerdo, lo que hice con agrado y buen enfoque creo. Al rato, la gente y los niños se fueron de a poco, y me quedé solo allí, en medio del puente y de la laguna, con la Cannon colgando de mi cuello. El lugar se hizo tan mágico y bello como la escena de un cuento: un rayo de sol caía en las verdes aguas cubiertas por las hojas flotantes y sus flores blanco-lilas, la tarde estaba más fresca con la brisa que sentí en toda mi piel, y que hacía moverse el ramaje del parque alrededor. Las voces de la gente se alejaron, sus gritos y risas subían la loma pesadamente con sus cuerpos multicolores. Entonces pensé en nosotros: un par de seres flotantes en una superficie incierta, cual los nenúfares presentes, bellos y despreocupados sobre una agua turbia nutriente y peligrosa, rodeados de gente extraña, también peligrosa... Fue la difusa luz anaranjada del sol estival lo que me sustrajo en aquel lugar tan especial. Tanto que tu voz repitió la pregunta que hacías par sacarme de mi ensoñación: te ví tan lejos de mis pensamientos, lucías tan hiperrreal como un cuadro de Bravo, sonaste tan duro como el peor rap proletario. ¡ Estás tan vivo que me duele tenerte cerca! “Toma”, dijiste y me pasaste una manzana. ¿ Acaso este es el paraíso y en este Gaynesis, la serpiente te tentó primero ? El resto del día nos sirvió para comer algo, para comprarle una lámpara de yeso a una vendedora mentirosa, para hablar con unos conocidos tuyos tan antipáticos como los otros que te conozco y para descubrir que los famosos nenúfares eran flores de lotos en verdad. “Hicimos el amor”, es decir, tuvimos actividad sexual toda esa noche y cuando te conté de mi sueño, tu mirada de fuego me recordó a un querubín con la espada apagada.

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